jueves, 6 de septiembre de 2007
Te perdí.
¿Te perdí? ¿De verdad te perdí? Te perdí pero no entiendo cuál es tu juego. ¿Cuál es tu juego conmigo? Porque después, cuando recuerdes esto te vas a cagar de risa, yo lo sé. La última vez que hicimos el amor fue lindo, fue lindo hacerlo. No fue lindo no vernos durante tanto tiempo. A mi me parece que vos todo lo planificás. Vos me vas a decir que hay algo más importante que un momento amoroso, que lo que importa es mí persona, toda yo, que toda zafe definitivamente y que después de eso pueda decir, bueno, el laburo, el amor, mi hija, mi identidad como mujer, mi vocación, y la verdad es que me estás haciendo la gran Beto. Lo que hizo mi papá conmigo. Me descartan porque estoy enferma y molesto. Me descartás, jugás conmigo, me descartás, te lo juro por mi hermana. No entiendo tu juego, entiendo que, que me estás demostrando quien sos, ahora más que nunca sé quien sos, entiendo que me estás mostrando todo, que algo te debo interesar para que estés acá, no creo que, que.., o, bah, capaz te divierte mucho. Está bien, hacé lo que quieras, hacé lo que quieras. Si hay algo de lo que me cansé es de pedir. Hacé lo que quieras. Hacé lo que quieras. Simplemente al decirme que no querés hacer el amor conmigo me hacés sentir mal, porque, no entiendo, no entiendo cómo sacarme de la cabeza que no lo estás haciendo porque realmente lo que querés es que pase eso, que yo diga bueno, no querés involucrarte conmigo, entendés, no querés tener nada conmigo, no querés, no querés que yo vaya al cine con vos, no querés que yo me enamore, no querés que yo me..., no querés hacer conmigo lo que vos tenés con tu vida, creo que viene por ahí la mano, creo que viene por ahí.
No es un invento. Yo no puedo tragarme semejante incoherencia. A mi me hace mal que me estés dejando. O sea que no tenemos nada. Porque si tenemos un inmenso amor el uno por el otro por qué no podés hacer el amor conmigo. Por qué no podés ser lúcido haciendo todo igual pero también haciendo el amor conmigo, ¿por qué no? Haciendo todo igual. ¿Por qué descartás eso? ¿Por qué descartás eso? Y si yo me voy ahora siento la misma soledad, ¿ o no? Es lo mismo. Y yo sé que no somos pareja. Yo te amo, vos no me crees. Vos me amás. ¿Cúal es el problema? ¿Tan bagayo soy? No lo entiendo. Yo necesito estar con vos, hoy. Si yo no estoy con vos hoy, me voy a dormir sola a mi casa, ¿entendés? ¿No te das cuenta? ¿Decime qué pasa? No te entiendo. Es la primera vez que no te entiendo, ¿por qué te cuesta tanto hacer el amor conmigo? Porque no tenés ganas. No. No tenés ganas. De mí. Vos crees que sabés quien soy, pero no sabés quién voy a terminar siendo. Y esa es tu ceguera. Puede pasar que yo aparezca muerta en la casa de un boludo o que me ubique en la vida. ¿Tan loca soy? Hace un mes tuve una crisis. Vino el Same. Con dos pastillas solamente tuve una crisis. ¿En qué cambiaría mi vida si yo hago el amor con vos? ¿En que cambiaría? Vos no me amás. Yo estoy segura de que no me amás. Me tenés bronca, o te burlás o te estás vengando. Date cuenta de cómo empezamos y de cómo terminamos. ¿Soy nada? ¿Yo soy nada? ¿Conmigo no ganás nada? ¿Nada valgo, nada te doy? Si algún día yo soy la gran mina que vos querés que sea, toda sanita, vos a lo sumo te sentirías halagado por haberme cambiado, pero amor por mí ni sentís ni vas a sentir. Qué boluda, que pelotuda, que estúpida, que al pedo, corrí al pedo como una estúpida, todo lo hice por vos. Hoy estaba deprimida y corrí a la peluquería porque pensé que no podía venir a verte así, lo hice por vos, estaba deprimida y sin embargo fui a la peluquería, no tenía ganas, pero fui porque no podía venir así desgreñada. Dije hoy me tiene que ver teñida, no puedo ser tan hija de puta de venir con un arbolito en la cabeza toda así desparramada, vos nunca podrías ser una cosa más, vos ya sos para mí, para vos será una boludez pero para mí, lo hice porque lo hice por vos. Detesto la peluquería. Qué malo que sos, no podés ser tan malo, sos muy malo. Te vengás. Todo esto es a propósito, todo esto es a propósito para que yo no me acerque más a tu vida. Vos me conocés y sabés que así es lo peor que me podés hacer, que yo me enrollo cuando se alejan. Lo hacés a propósito. Me siento rechazada, ¿sabías? Sabías que era lo peor. No te voy a llamar. ¿Qué te pensás que soy, una regalada? Una no sé... A mi una persona que me dice todo lo que me dijiste, no sé, ya está, o sea, me estás cargando, no te molesto más, no te molesto más, ya está. ¿A vos no te parece más sensato que en vez de estar diciéndome todas estás pelotudeces decirme la verdad, la verdad, que no te quiero más en mi vida, no te parece más sano? No sé qué hacés acá. Sos un perverso. Un psicópata. Está bien. Yo no quiero ser una molestia en tu vida, sabés. Yo no te odio. Yo no te odio. Nunca en tu vida te voy a poder odiar. La frase tuya es mía. Vos estás enfermo. Vos te podés ir pero vos te vas a quedar conmigo igual, vos te podés ir físicamente pero a mí no me saca nadie a vos de adentro. No te quiero ver más, para qué, para que me hagas sufrir, para que me hagas sentir una enferma y me rechaces. ¿Para eso? ¿Para ser mi psiquiatra? Me voy a quemar el pelo. ¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué me dejás sola? ¿Por qué me decís de irme a mi casa? ¿Por qué me tengo que ir a mi casa si yo no me quiero ir a mi casa ahora? Decime que te tenés que encontrar con alguien. Decime la verdad. Tenés que ir a ver a otra mujer, ¿no? Decime la verdad por el amor de Cristo. ¿Me estás cargando? Mirá cómo estoy. ¿Así querés que empiece a hacerme responsable de mí? No puedo abrir lo ojos. Yo hoy me doy cuenta de que fue absurdo que alguna vez pensara que vos me estabas tratando como una mujer. Yo hoy me doy cuenta de que siempre me estuviste tratando como una loca. Y me río de haber pensado así.
jueves, 30 de agosto de 2007
Hablá.
¿Cómo sé yo que no estoy muerta? No, si te estás riendo no te rías. Siempre te reís cuando salgo con estas cosas, como la vez que se me ocurrió que todo está adentro, y que por eso es tan difícil comunicarnos o hacerle el bien a los demás, porque como todo está adentro, todo, hasta el universo está adentro de algo, nosotros también y al estar adentro se nos hace casi imposible sacarnos afuera. No estaba nada mal mi idea. Vos fijate que el bien es siempre algo para afuera, en cambio el mal, no, el mal es para adentro. Parece que se hace afuera, pero el que hace el mal daña a otro que está afuera, está bien, ya sé, pero igual se puede distinguir que hace el mal para adentro suyo, para disfrutarlo solo. En cambio el que hace el bien lo hace de verdad para afuera, como si se sacara algo suyo y lo diera. Igual no me importa si te estás riendo o no. En todo caso si yo me pregunto si estoy muerta o no es cosa mía y tengo derecho. ¿Qué? Si hay algo a lo que todos tenemos derecho es a saber si estamos muertos o vivos, ¿no? Yo sé que es vulgar expresarlo así y que seguramente miles de filósofos geniales se preguntaron lo mismo y escribieron grandes libros al respecto, pero yo, acá, ahora, porque lo decido y tal vez porque no puedo evitarlo me pregunto, ¿cómo sé que yo no estoy muerta? ¿Ves?, si no puedo verte ni me contestás, tampoco puedo saber si estás o no, y por lo tanto la posibilidad de que no estés existe, con lo cual yo estaría sola, y sola no tengo manera de confirmar si estoy viva. Bueno, está bien, siento la arena todavía tibia ahora, y oigo el ruido de las olas que vienen y se desvanecen, me salió una linda frase, la palabra desvanecer siempre me gustó, siempre la asocié a un encantamiento y no a un desmayo, y también puedo ver el cielo estrellado que no se desvanece, y hace un rato pasó una estrella fugaz y yo pedí tres deseos que no incluyeron no morir inmediatamente después. Debo aceptarlo, debés o deberías aceptarlo, todo esto que siento, oigo, veo ahora no prueba en lo más mínimo que yo esté viva, tal como yo considero que se está vivo o que es estar vivo. O sea, perfectamente recuerdo que estar viva para mí se confirmaba porque en la realidad que me rodeaba había personas, que más o menos literalmente o no, me lo decían de un modo u otro. Por ejemplo, con el más chiquito de los gestos ajenos, yo sabía que mi existencia era un hecho. Un niño que pasó a mi lado una tarde mientras lloraba y era arrastrado por su mamá, de pronto giró y dejó de llorar por un instante para fijar sus ojos en los míos. Fue apenas un instante porque su mamá lo arrastraba con fuerza y brutalmente se lo llevó. No, no, no. No hablo de nada misteriosos ni esotérico. No pretendo decir que la mirada con el niño fue producto de una experiencia religiosa ni de nada parecido. Al contrario. El niño me miró porque cuando yo lo vi venir de frente me dio ternura y pena que llorara y entonces le guiñé un ojo, así instintivamente casi, y al cruzarnos los dos giramos para seguir mirándonos un segundo más. Lo que quiero decir es que ese momento fue real en el sentido de que cuando lo viví, yo supe que en ese momento yo estaba viva. No me preguntes por qué, no voy a hacer falsa psicología y a suponer que ese momento fue trascendente para mí porque en realidad yo quería tener un hijo y estaba frustrada porque no fue así, y tampoco porque me identifiqué con el niño porque a mí también mi mamá me pegaba en la calle y en público cuando yo era chica. No. Ni mamá a mí no me pegó nunca y tampoco sé si la mamá del niño le había pegado. Por ahí el nene era un caprichoso insoportable que lloraba porque qué se yo. Lo que yo sé es que ese instante para mí fue muy trascendente, y que ahora que lo recuerdo también. Y no te creas que no me doy cuenta de que estoy diciendo “recuerdo” y que si digo “recuerdo” es porque debo estar viva, porque los muertos no recuerdan. Me doy perfectamente cuenta de todo. Dejáme decirte que digo “recuerdo” porque es la sensación que tengo, y, está bien, es cierto, es absolutamente idéntica esta sensación de “recuerdo” al acto de recordar. Pero nada me asegura que en verdad yo no esté muerta, y que ese proceso mental pero también espiritual que estando vivos llamamos “recordar”, estando muertos no sea igual. O por ahí, inclusive, es más que igual; quiero decir que por ahí, recordar ahora es más real de lo real que eran los recuerdos cuando yo estaba viva, y es por eso que ahora bien yo podría estar muerta, y no estar recordando sino simplemente trayendo desde el espacio-tiempo en que las cosas sucedieron, lo que sucedió. Claro que no se trata de que ese “traer” sea literal. Siempre igual con vos: las cosas no son literales, por lo menos no siempre. No es un “traer” ni literal ni absoluto; no es un acto. Porque si fuera así entonces cada muerto reabriría su vida, digamos, haciendo que los sucesos se repitan y de esa manera podría hasta alterarlos. No, yo no hablo de ese tipo de intervención de los distintos planos de las supuestas realidades, tipo película o cuento de ciencia ficción, o, ¿por qué no?, hasta algún concepto mal aprendido que pueda basarse livianamente en Einstein. Yo hablo sencillamente de que estando muerta, bien puedo capturar en un espacio imaginario algo que sucedió, que no necesariamente está en mi cerebro, pero que yo lo percibo en mi cerebro. ¿Cómo sé que no estoy muerta? O más bien debería decir, ¿cómo sé que no soy una muerta? Porque si de hecho esto que me pasa ahora, viva o muerta, me está sucediendo, si me estuviera sucediendo estando yo muerta, estaría yo siendo una muerta. Porque el concepto de “estar muerto” viene de la mirada que tienen los vivos acerca de los muertos. Nadie dice: mi papá es un muerto. Dicen: mi papá está muerto. Y el “está” ahí, yo no soy semióloga pero me doy cuenta, adquiere un carácter de concepto rígido, inmutable, una significación que subyacentemente afirma que ese “estar” es definitivo y a la vez inmodificable. De acuerdo, es muy posible que los muertos no resuciten y que Lázaro y todos los demás sean mitos, pero que dejar de vivir sea definitivo e inmodificable para la realidad de los vivos no quiere decir que desde la realidad de los muertos las cosas sean así. De hecho el budismo cree en reencarnaciones y planos o etapas, no sé muy bien, y el catolicismo en el cielo, el infierno y en el purgatorio, justamente un lugar de paso, y todas la religiones en algo más o menos parecido, porque qué sentido tendría una religión que dijese: señoras y señores, nosotros creemos que después que nos morimos se acaba todo. Más bien eso lo puede decir un filósofo ateo o un científico ateo, o un ateo liso y llano. No estoy metiéndome en camisas de once varas o siete varas, nunca supe muy bien cómo es el refrán; yo sé muy bien que no sé nada de filosofía ni de religión ni de ciencia. Nunca supe, y siempre fui una persona más bien cómoda con su ignorancia; nunca me dio culpa y en general fui conciente de mis límites como para poder dedicarme a disfrutar mi vida sin la sensación fea de que no era yo una persona preparada. Lo era. Yo vivía armónicamente preparada para la clase de vida que me gustaba: trabajaba en algo que no me agotaba y donde más o menos la pasaba bien, tenía un novio muy buen tipo, alguna vez iría a tener hijos, pero tampoco era una obsesiva con eso, era yo una buena hija y hermana, buena amiga de mis amigas, que nada me sobrara y que nada me faltara me dejaba contenta. No entiendo qué hay de malo en ese supuesto término medio, mediocridad dirás, mas aún teniendo en cuenta que la palabra mediocridad viene de medio, supongo, estoy segura que refiriéndose a la mayoría de las personas. ¿O qué pretenden los pretenciosos? Y sin embargo yo que nunca fui pretenciosa y que sigo sin saber nada de religión ni de filosofía ni de nada, ahora, no sé por qué, me siento totalmente autorizada como nunca me sentí, para afirmar que yo no sé si no soy una muerta. Y si me pasa tal grado de compenetración y afirmación de mi misma, como mínimo tengo que permitirme sospechar que es probable que sea verdad, ¿se entiende? ¿Podés decir algo al menos? ¿No vas a contestarme? ¿No pensás hablar? ¿Vas a ser tan cruel de dejarme eternamente con la duda?
martes, 21 de agosto de 2007
La captura del instante XX
La niña entra corriendo y casi sin detenerse le dice al padre
que su memoria se enojó toda. El padre complacido por lo
que imagina una frase graciosa, pero sin poder evitar ese tipo
de sonrisa que delata en todo adulto cierta condescendencia
hacia los niños, le pregunta por qué. No sé, solamente se enojó
y se fue, contesta la niña. El padre vuelve a sonreír y sigue
trabajando. La niña se acerca aún más, lo toma del brazo y
haciéndolo girar para que la mire, le dice que cuando no se
acuerda de algo es porque su memoria está enojada, y que
siempre se enoja con cosas sin mucha importancia, por ejemplo
ayer su memoria se olvidó en dónde puso los patines, le cuenta
que sufrió un rato, pero después se acordó que cuando se olvida
que se olvidó de algo en seguida lo vuelve a recordar, y al rato
encontró los patines, y que en cambio hoy su memoria se enojó
toda, repite. No te entiendo, hija, le dice el padre. ¿Por qué me
decís hija?; ¿yo soy tu hija?, le contesta la niña, preguntando.
Entonces al hombre se le borra la sonrisa y se queda sin saber
qué decir mientras mira a esa niña que no conoce.
Poema
Cuando aquella mañana la pura niebla anduvo
entrecejos de sol aparecieron tiesos,
promiscuos caracoles babearon por tu espalda
y no dejó de amarte la florecida muerte.
La nube, cripta más baja que las otras
dejó una caravana de olvidos que no cesan
de envanecerse, y siguen viniendo todavía
sin amenazas rotas a proteger tu miedo.
Pródigo el día, cierto, de todo te hizo libre
y de ser otra vez los recuerdos de ahora,
susurros que se fueron, anhelos míos tuyos,
para dejarte a salvo, indiferente y nueva.
La captura del instante XIX
Se despierta y él no está. Es su hija la que duerme a su lado, la
que se quedó cuidándola. Aun no amaneció, pero no le importa.
Antes no le gustaba despertarse en medio de la noche, tener que
esperar que se haga el día. Ahora sabe que ya no importan los
minutos, las horas, todas las horas, quizá los años que pasará
esperando. Sabe también que desde aquí en más no espera nada.
Será apenas un transcurrir de sí misma hacia sí misma, un andar
por ella, el mentiroso movimiento donde sólo habrá quietud. En
otros, no en ella, sucederán las cosas. Será para otros la ilusión de
un encuentro, la expectativa de visitar lugares o conocer sabores
nuevos, la inminencia de lo que sea. Su vida seguirá aparente.
Abrazará a sus nietas, sonreirá, hablará con amigas, dejará que sus
hijos la protejan, tal vez cambie de casa y almacén, despertará de
día como siempre, leerá, verá películas, irá a su médico, hará regalos
en los cumpleaños. Todo lo que haga será la simulación de un seguir
haciendo. Sin él, lo que le quede por vivir ya lo habrá vivido.
viernes, 17 de agosto de 2007
La captura del instante XVIII
De niña fue feliz entre muñecas de porcelana, valsesitos
criollos, la ropa con puntillas y domingos en el atrio de la
parroquia, después de misa, soltada de la mano de sus padres
para jugar al cieloveo. No era evidente otro destino que la
felicidad. Creció feliz de un modo tan intenso que a fuerza
de ese rigor nunca le fue concebible la desdicha. Vivió feliz,
y protegida, el devenir fue cada día grato, un acatado silencio
ante el misterio. Envejeció feliz, con nietos a su falda, el campo
como un viaje interminable, la atención de los otros, la cordial
reverencia, la estima de los sacerdotes y el recuerdo gentil
de su marido muerto. Y sin embargo fue capáz de dejarse
llevar, y presa de un efecto inverificable para los demás,
en la agonía se atrevió a perder la fe. Hoy no dijo últimas
palabras, sólo sus ojos abiertos y aterrados.
jueves, 9 de agosto de 2007
La captura del instante -XVII-
Hay un hombre que controla su desesperación eficazmente,
suele decirle a todos su sonrisa y cuando cae la gota de rocío
desde la hoja del olivo hasta sus párpados antes se aleja;
siempre llega a tiempo. Suele apoyar su rostro entre los
pechos de una mujer pero nunca le confesará que no es lujuria;
ella no ve el engaño, sólo se siente plena porque es fácil para
ambos la postura. La soledad se ha vuelto inconfesable, un
escarnio o un estigma, síntoma evidente del fracaso. Hoy de
mañana toda evocación fue inútil; sin ligazón con el antes o
el después la presencia del hombre se bastó para condenarlo.
Es que no hay absolución posible cuando nada hay a excepción
de ese presente de imposibles adjetivos: ni la piedra que brilló
azulada ni el olor de la brisa al distraerse, ni el lunar orgulloso
en el rostro olvidado ni la caricia fiel, ni el niño del ayer y
tampoco el olivo que lo untará mañana. Sólo él dentro de él
solo de él en la comprobación más certera del instante. Por fin
le ha llegado la añorada ancianidad. Los tiradores le calzan bien,
su hija menor agota felizmente sus caderas y al fin su mujer
se ha convertido en su única mujer. Habla menos. Y ese
silencio deja espacios que el pensamiento concentra. El orden,
la magnitud y la brevedad, son ahora aspiraciones que ya
puede no aceptar. Su mujer, antigua, le arroja besos como
peldaños tan delicados que la asunción es la forma de la dicha.
Es una felicidad que concierne únicamente a su felicidad y
lo involucra. No importa más que el brillo de los ojos, la
propia vanidad de la alegría, el bienestar del cuerpo. No hay
otra cosa que esto. No hay nada más que esto.
lunes, 16 de julio de 2007
La captura del instante -XVI-
Ella camina por Madrid y quiere jugar a las preguntas; háganme
las preguntas del amor, pide, ya que hoy ha vuelto a no saber y
entonces todo lo puede contestar porque el deseo es nuevamente
trémulo, turbado, entre el miedo y el arrojo. Es linda, delgada, y
camina como si sus pies anduvieran a diez centímetros del piso.
Pasa su mano izquierda por un viejo cartel de Sastrerías y la
derecha oscila entre encender el cigarrillo o tocar la cabeza de
un niño que le traerá la suerte. Las escaleras para llegar a la
catedral la empeñan como trepando por la espalda del hombre
más deseado; podría ahora descansar su mirada de todas las
fatigas de su vida joven. La altura es un espacio que no es
jamás ajeno aunque el paisaje sea propio apenas un momento.
Deduce ofrecida la roca en la cantera a las manos que la harán
fragmentos y luego al dibujo y al cálculo y a los andamios,
a la altura prevista, a la alcanzada. No importa la fe del arquitecto;
conoce las maneras para alzarse. La catedral elevará durante
el resto de los tiempos los ruegos como un lazo benéfico. La
esperanza de eternidad es inacabable. Un artesano pule todavía la
pequeña ménsula de una lumbrera donde engarzarán vitreaux con
imágenes de ángeles que tienen el rostro de los niños que serán
mañana los herederos de la eterna construcción. Cuando oyó,
recién, las voces de la noche, supo que vendrían inefables y el
silencio sería todo lo sucedido, preciso, fugaz, incomprensible.
Sigue caminando y a nadie espera ahora en la Puerta del Sol.
Marca el campanario su prisa pero es lenta su marcha para ella.
Calla el campanero y los murmullos de otros dictan la felicidad
de la que no será sino testigo. Livianamente, en calma, aquí se
encuentra el azar y se divergen luego los destinos alegres, amables,
correspondidos, dados a la actitud de la belleza. Regresada de donde
nació, ella otra vez va yendo donde ignora. Sopla el canto su viento
con la persistencia de la cruz de mármol. El señor rey en sus
jardines paseó ayer entre las moras que pendían altas y las
castañas que comió, piensa ella, y se ríe de pensar en la Nobleza.
Mira otra vez la catedral que ya quedó lejana y es híbrido el color
de la piedra, pero agraciado por la luz de la puesta del sol. Las
nubes en cambio son coloridas como rocas en el mar si amaneciera.
Si llegara a saberse la verdad nada se sabría, argumenta: en la
ignorancia el espiral de la mirada ciega su historia. Hoy de mañana
tuvo una idea que al revelarse fue iluminación y es ahora certeza
que ennegrece y por eso la desecha: ella misma es basura, dice,
aquello que se arroja, lo que no ha de verse nuevamente. Nada
hay ya por esperar, salvo una nacida idea nueva que a resguardo
quede de la consumación. Ella se empeña en asistir al nacimiento
de la idea para matarla de inmediato. ¿Será posible tal hazaña
siempre? Las consecuencias de los sucesos lejanos, la rama seca
que agarra, su pie trepando, el detalle del aceite del olivo en el
recuerdo de su madre, la tristeza del crepúsculo entregada a
unos suspiros que no puede comprender. Y su anuencia al porvenir
que ya no espera, y al celo con que alguna vez protegieron su
sonrisa. Delicadamente un pájaro sigue volando mientras ella
quisiera abrazarse a alguna orilla. Se sabe siempre moribunda,
como el humo y la noche.
lunes, 2 de julio de 2007
La captura del instante - XV-
En un bar viejo y silencioso su voz se escucha
sin embargo apenas. El hombre habla, dice,
gesticula. Cuenta que él ha permitido que se
transformara su alma en un espacio psíquico.
Así, de ese modo brutal, no le dejó al amor y
al dolor otro sentido que el de ser minuciosa,
superficialmente examinados, como si se tratara
de un virus visto a través de un microscopio sin
precisión. Con el resto de sus sentimientos le sucede
lo mismo, sigue diciendo y toma más ginebra. Desde
la primera, lejana, evidencia de su amor y su dolor,
a partir de ese bienestar y malestar porque sí, a partir
de esa constancia en la historia de su vida, de donde
surgieron los indicios más claros de su íntima, natural
oscuridad, y la inverificable razón de su existencia,
él se ha dejado ser perdido, confuso, sin otra magia
que una lógica tan rigurosa como inefable. Sufre la
ausencia de sufrir, dice, y termina de beber.
miércoles, 27 de junio de 2007
La captura del instante -XIV-
Camina su padre; se sienta a su lado. La tarde es una calle
desierta y sola en primavera. Son inefables su silencio y su
mirada, y su pesadumbre es la de un hombre vencido. El
niño sabe que su padre volverá a intentar de nuevo todo
y anhelará otra vez el mar delante, su nombre en las memorias,
la prisa de la infancia, y el porvenir de su niñez para ser alguna
vez dos hombres. El niño sabe que su padre ahora le oculta
su desdicha. Camina su padre; se sienta a su lado y el niño
se abraza y reconforta. Los dos esto saben; pero el padre
ignora el instante final, inevitable, que pronto ha de vivir.
La captura del instante -XIII-
Se empeña en conocerla. Va a ella. Su lapicera
azul le escribe que ha llegado y todo su pasado
viene a cuento como huellas que lo invitan. Va-
mos, dice, dañado por el frío pero nuevo. Una his-
toria de amor es siempre un imposible y nunca
es posible no vivirla.
Poema
a mi madre
Las consecuencias de los sucesos lejanos,
la rama ahora seca, mi pie trepando,
el detalle del aceite del olivo, la alegría
de la tarde entregada a los suspiros.
Y con tu anuencia el porvenir y el celo
con que protegías mi sonrisa; delicadamente
un pájaro queda volando por mis ojos
mientras seguimos abrazados en la orilla.
miércoles, 20 de junio de 2007
La captura del instante -XII-
El anciano ha logrado entender que todo lo aprendido lleva consigo la promesa de un engaño y que únicamente desaprendiéndose podrá ir yendo hacia un final donde al menos quede el misterio de un improbable, posible principio. Alguna vez fue un artista fuerte. Hoy su vitalidad perdida es un recuerdo que no lo amarga. Sin embargo el anciano no ha pintado todo lo que anhelaba pintar, pero ese anhelo está vivo todavía y por eso sus ojos se mueven incansables aunque sus manos tiemblen. No lo hace sufrir que sus manos le impidan pintar, porque se sabe infatigable. El anciano ha visto la entronización del arte, una ceremonia que requiere de una muerte previa, lo que él llama un festejo inmóvil. Recuerda las paredes de los grandes museos como altares muertos, y guardando la costumbre, dioses que se han ofrecido a sacrificios vanos y rigen una fe olvidada. Cientos de cuadros, trazos, estilos que suponen la revelación de épocas, los procederes de los tiempos el anciano ha visto. Son cuadros que han sido expuestos para cumplir ese cometido de modo superficial, datos acumulados en almanaques, días no vividos. La ley, dice, es allí el sitio, y el espacio y la luz son formas de una rigidez que anula todo intento de las imágenes por exceder sus límites. El anciano ha visto a las multitudes avanzar felices, arrogantes, víctimas de la socialización de la ignorancia. Las ha visto detenerse unos segundos ante los cuadros, pero afirma que no sucedió en esos encuentros revelación alguna del instante. Así, cuenta, la Gioconda es alumbrada brutalmente por una metralla de flashes fotográficos, encuadrada al fondo y a un costado de quienes sonríen para la foto. No hay entonces enigma ni sosiego ni desasosiego en la tela. Hay sólo una tela pintada, dice. Apenas algún joven pintor la observa para hallarla. Y entonces el anciano sonríe, continuado.
jueves, 14 de junio de 2007
La promesa del instante -XI-
El cómico de la televisión no lo hace reír porque cuenta
su chiste en un idioma que no comprende. Aún así imagina
que es gracioso: circunspecto, le bastan pocos movimientos
para causar desastres a su alrededor; y sin embargo no es
filosófica su gracia, no crea el caos como un desafío. Es un
cómico sin intención, cuyo asunto indescifrable es contar
la historia de su estar allí como un personaje que el orden
prevé incluso en su débil conocimiento. La mujer que a su
lado también lo mira tampoco se ríe. Él cree que ella se da
cuenta de que su verdadero interés se dirige a ella; él quiere
creer que a ella le sucede lo mismo con él. No conocerse hace
ideal la situación: quieren ocultar un impulso mutuo, pero
como siempre la voluntad muestra sus resquicios y ambos
perciben la posibilidad de un destino común. Este deseo es
amor porque todo deseo es un deseo de amor. Los dos
continúan calladamente ignorando sus voces. Él puede olerla
y deduce que ella a él. La voz del cómico, sus palabras sin
sentido, evitan el silencio incómodo, los privan de la violencia
de tolerar no decir nada y los desembarazan de la compulsión
que les impondría al menos un malestar sin posibilidad de
resolución. Desconocida para él, ya ama su cara de mujer
que ya no es joven, la fragilidad de sus movimientos, su
manera de cruzar las piernas, sus pies livianos. El cómico
gira apenas y arroja al suelo un jarrón que estalla. La
mujer, a su costado, baja la vista queriendo que él no
ignore su desesperación. El viejo hotel ahora es un posible hogar.
domingo, 10 de junio de 2007
La captura del instante -X-
Llueve ahora y la tarde cae serena. Una anciana camina y observa, y sin embargo su imagen se inmanta de una antigua indiferencia. Ella está en el paisaje y fuera del paisaje, como si pudiera calcarse una bella muñeca en la niña que la acuna; ser cada una, una, y a la vez, una ser ambas. No parece ser aquí este momento. Se diría más bien que está lloviendo y cayendo esta tarde en otro sitio, en uno de esos lugares que resuenan exóticos en la imaginación. No es aquí Buenos Aires; es Orán o El Cairo, o un pueblo perdido de la puna desde donde la anciana no ve las montañas, porque han quedado tapadas por las nubes que se han fijado como en un cuadro. Se mueven ramas, pero no existe el viento.
La captura del instante - IX-
Las grietas serán luego la mención de un poema, un juego
asombroso de formas macabras. Ahora suenan como un
enjambre que ha elegido la delicadeza. Es un susurro que
ellos oían sin advertirlo, atentos como estaban a la situación
para la cual se habían decidido. Aún no se conocían. Se
habían visto, se habían gustado, habían pronunciado palabras,
pero aún nada conocían del otro, de su intimidad más propia.
Se besaron. Ese desliz los acercó. Ninguno de los dos opuso
resistencia y sin embargo la ausencia de obstáculos no los
apremiaba. Como dos ancianos a punto de abrazarse para
después morir ellos lograron la inmovilidad y el acercamiento,
y la inútil, inútil ilusión.
martes, 5 de junio de 2007
Poema
Recuperas la nostalgia
como un amanecer que alumbra
la noche de tu infancia,
y, calladamente,
con un silencio que te nombra
con la precisión que ningún eco podría,
se niega tu infancia a ser recuperada.
Hijo de esa nostalgia seca eres,
estéril para ser de ti tu padre
la descendencia del que fuiste es imposible.
sábado, 2 de junio de 2007
Poema
El mar se apresuró la tarde en que te fuiste;
debió esperar prudentemente a que en la orilla
secos nuestros pies hurgaran hasta dónde
habría sido posible esforzar el entierro.
Pero el mar no tuvo piedad ni fue pródigo:
prodigar no es el acto brutal de derramarse
sobre la indefensión de tus temblores y los míos
agobiados por el frío en el alma, y condenados.
¿Nos lamían el aire las gaviotas esa tarde
o es tan sólo mi deseo de testigos mudos:
sombras que cruzaron en silencio
de modo que la inmovilidad fuese aún más quieta?
El instante es la única medida, única prueba
de todas las sospechas, la evidencia fatal
y yo sé ahora que las sombras cruzando por tu cara
fueron la certeza que no tuve antes ni tendré después.
Por eso es imprescindible que hayan estado las gaviotas
o al menos nubes breves o demonios o lunas
cruzando entre el sol y tu cara como una seda leve
porque yo no soy capaz de soportar que no haya sido cierto.
¿A quién le importa la saliva en la boca
el filo de un puñal o la amnesia de un muerto
si no hay cómo limpiar la herida con la lengua
ni cómo suponer un recuerdo o inventarlo?
La noche es la amenaza más perfecta
porque cumple cada día y ennegrece
y donde estabas vos ya no se ve más que la oscura
mancha de nada a donde se ha ido todo.
¡Ay, el instante exacto y el haberlo perdido
ay, el maldito que soy por no haberlo aferrado
ay, de mi amor mezquino, pobre de fe, mendigo
ay, de mí, ay, de mí, por no haberte matado!
El mar, hacha sin pena, ajeno a mi desdicha
mojó tus pies, mojó mis pies, nos regresó a la historia
que olvidábamos el instante en que la sombras te cruzaban
y partiste de mí como se quiebra un tallo.
martes, 29 de mayo de 2007
Doña Nilda
Doña Nilda era muy gorda. Debo decir que hace muchos años la gordura no era la de hoy. Era otra cosa. Una persona gorda, de niña era adorable; cuando llegaba a la juventud se convertía en una simpática candidata para un feliz matrimonio, una vez que tenía hijos era una madre ejemplar y, al fin, cuando era abuela y viejita había llegado al grado supremo de cariño y respeto popular: el barrio entero homenajeaba con infinitos gestos tantos años y kilos acumulados. En esta última etapa estaba doña Nilda, por lo tanto, entre otros ritos era obsequiada con las primeras rosas que florecían en los jardines vecinos, recibía el saludo ceremonioso y emotivo de los que tomaban la primera comunión, aprobaba la visita exultante de las quinceañeras con sus vestidos nuevos y ofrecía su gesto impostergable como cábala para la buena fortuna del equipo de fútbol de la cuadra. Personalmente participé de todos estos ritos, aunque no pude presentarle a mi novio ni anunciarle mi compromiso; ella tampoco estuvo en la parroquia la noche de nuestro casamiento, y si bien no era un pariente, de todos modos, yo la extrañé. Mi marido tardó bastante en comprender que yo siempre lamentara su ausencia y mis hijos hoy la recuerdan sin haberla conocido.
Creo que Doña Nilda me quería. Cuando era chica, desde su balconcito de planta baja me ordenaba que fuera a ponerme un abrigo porque si no me iba a resfriar, y yo obedecía inmediatamente aunque eso significara que perdiera mi próximo turno en el elástico, un juego en el que siempre me destaqué. Aclaro, antes de que se me pueda acusar de dar una imagen equivocada de doña Nilda, que no era la típica anciana gorda que expresaba felicidad a cada instante ofreciendo su risa en cuanta ocasión pudiera. No. Doña Nilda no reía, su carácter era firme, su actitud seria y casi siempre estaba de muy mal humor. No era una mujer que se mostrara dichosa, y si lo era, nosotros nunca tuvimos modo de saberlo. Solamente en pocas oportunidades se la veía de mejor ánimo: cuando aparecía por la calle un perro desconocido y cuando un enfermo comenzaba a recuperarse. Cuando el perro había sido ya más o menos adoptado por el barrio o cuando el enfermo recuperaba su buena salud, el buen ánimo de doña Nilda volvía a desaparecer quedando su semblante adusto a la espera de nuevos acontecimientos.
Solemne, lo observaba todo desde su balcón, que no era más que una pequeña saliente a la calle en la ventana de su habitación, pero que visto desde la vereda de enfrente enmarcaban la enormidad de su figura en una desproporción que le daban todavía mayor magnitud. Al amanecer la ventana se abría y doña Nilda se dejaba sentar para mirarlo todo. No fui la única que dibujó en primero inferior un trono y una reina madre debidos la inspiración que me provocaba. Hiciera buen tiempo o no, fuera invierno o verano, lloviera o cayera granizo, doña Nilda permanecía en su ventana desde que salía hasta las últimas horas de la noche, mucho después de que todos nos habíamos ido a dormir y cuando las calles ya habían quedado absolutamente desiertas. Por eso recuerdo a doña Nilda malhumorada, mandona y siempre: porque estaba siempre allí para corregirnos un peinado, indicarnos un dobladillo irregular, señalarnos un comportamiento vulgar y poco femenino, reprocharle de manera severa a los varones una guarangada, o decididamente para darnos órdenes. Otra vez debo aclarar un punto importante para que la historia de doña Nilda no se preste a confusión: todos le obedecíamos; hijos y padres, grandes y chicos, y hasta los otros ancianos sucumbían inevitablemente a sus órdenes, y jamás con una protesta. No tardé mucho en comprobar que había dos motivos para tanta obediencia sin queja: su permanencia y la inteligente precisión de sus palabras. De este modo doña Nilda era irrebatible: estaba siempre y hablaba poco, pero constantemente tenía razón diciendo nada más que la verdad. Esto explica nuestro comportamiento ante ella, pero no la explica a ella. De ella todo es un misterio. Nunca hablaba de su vida, no mencionaba parientes, y como había sido la primera en hacer una casa en esas cuadras cuando todavía eran puro campo, nadie sabía ningún antecedente a su llegada. Un solo dato nos ofrecía la vida de doña Nilda: un hombre de edad madura cada día pasaba muy temprano de mañana por su balcón y le dejaba un paquete con lo que suponíamos debía ser su comida. Luego, sin otro gesto que esa entrega, volvía a subirse a su automóvil lujoso y partía. Lo imaginábamos el hijo o en todo caso un nieto, o algún sobrino, y a veces, por qué no, un hermano mucho menor. Con el correr del tiempo la sospecha más lógica a la que arribamos fue que era simplemente un empleado, pero, ¿contratado por quién? Doña Nilda no parecía una mujer de recursos excesivos ni dispuesta a dejarse atender, aunque es cierto que su extrema gordura le impedía desplazarse. Todas estas dudas se complicaban aún más cuando nos preguntábamos cómo podría una mujer tan gorda alimentarse con la comida de un paquete tan chico, y se colmaban cuando tratábamos de establecer con qué posibilidades y en qué horario podía doña Nilda dedicarse a lavar y secar su ropa, limpiar su casa y en todo caso prepararse más comida. Se la veía siempre impecable y limpia, y su ropa sin ser diversa estaba permanentemente muy arreglada. Una vez más tengo que disculparme pero es indispensable que aclare, porque si no lo hago se creerá lo contrario, que entre los vecinos jamás hablábamos de doña Nilda. Tal vez, deduzco ahora, treinta años después, además de una obediencia grata, ella obtenía de nosotros el beneficio del recato, y, ya no tal vez, ahora estoy segura, ese recato lo obtuvo porque durante sesenta años nunca habló mal de nadie ni se propuso averiguar lo que no le concernía.
El vestido es muy bonito, pero la niña no será feliz vistiéndolo, me dijo mi mamá que le dijo doña Nilda cuando le llevó los figurines para pedirle su opinión. Mi mamá, con su enorme capacidad para sufrir por anticipado juicios supuestamente inapelables de parte de jueces bondadosos, le preguntó por qué. Doña Nilda le contestó que era un vestido pasado de moda, hecho como le hubiera gustado a ella si hubiese tenido la fiesta de quince que no le hicieron. Y le explicó que eso pertenecía al pasado, cuando mi mamá era pobre, pero que ya no era tan pobre, así que debía dejarse de macaneos y voladitos y hacerme a mí un vestido que me gustara. Los tiempos cambian, nena, y son siempre para bien, afirmó Doña Nilda. Cuando mi mamá, dos semanas antes de mi cumpleaños, me mostró el vestido tipo túnica, a colores desteñidos y en tela rugosa, yo fui la chica más feliz del mundo. Todos mis amigos, con los que nos habíamos juramentado ser hippies apenas termináramos el colegio secundario para vivir juntos y en comunidad en alguna casa vieja con jardín en la que plantaríamos nuestro alimento o en un lejano pueblo del sur, quedaron encantados con la amplitud de criterio de mis padres, que nos miraban bailar y cantar en mi fiesta, sin entender demasiado, pero felices.
Sé que con estos pocos datos no puede deducirse qué tipo de mujer era doña Nilda. Es extraño. Por lo poco que supimos de ella, nada podemos afirmar, y sin embargo intuimos que la conocimos profundamente. Todavía hoy con mi madre hablamos como hablábamos de ella en esa época, casi en secreto, casi con el temor de hacerle daño con la especulación de las palabras, casi como una irreverencia a su sentido de la discreción. Un comentario delicado que fue aceptándose como una verdad no probada decía que de noche, muy tarde, gente extraña se acercaba a la ventana de Doña Nilda antes de que la cerrara hasta el otro día. Las especulaciones solapadas intentaban descifrar este misterio, pero un pudor perdido hacía que a nadie se le hubiera ocurrido espiarla.
Una vez supe que ese rumor sin mala intención no era una leyenda. Una madrugada de invierno yo estaba enamorada y sufría mucho, y como se sabe, no es fácil dormir en esos casos. Mi profesor de geografía era un hombre que se complacía en demostrarse brillante conmigo, cálido y atento a mi sensibilidad, amable a mi mirada, y al mismo tiempo sutil, advirtiéndome, sin decírmelo, que él me sería para siempre inaccesible. Mi dolor en esos días me parecía intolerable. Decidí entonces escaparme de mi casa una madrugada, atravesar como pudiese el barrio y llegar, sorpresivamente, hasta su edificio, y una vez allí intentar ubicar su departamento, anunciarme y decirle que lo amaba. Estaba llena de incertidumbre y miedo; temía por igual al dolor de mis padres si descubrían mi ausencia como al rechazo de mi profesor. ¿Y si estaba en esos momentos con una novia? ¿Y si mi padre sufría un ataque cardiaco al no verme en mi cuarto? De todas maneras me fue inevitable: yo ya estaba en la calle cuando vi a una mujer y tres niños, los cuatro muy pobres, alejándose calle abajo mientras la luz de la habitación de doña Nilda se apagaba. La mujer llevaba entre las manos un paquetito de comida.
martes, 22 de mayo de 2007
Poema

Un pájaro solitario
pasea por mi ventana
no lo imagino mañana
porque lo espero en su abismo.
Cae agarrado a sí mismo
con alas de porcelana.
Pájaro de mi pasado
que cae y sigue cayendo
cuando lo miro estoy viendo
mi propia caída ahora.
Muere mi vida hora a hora
mientras simulo viviendo.
Hubo una vez ilusión
caricia de la ignorancia
memoria atroz y jactancia
de un origen que he perdido.
Soy yo mi desconocido
ansiando mi propia infancia.
Yo pájaro solitario
ala rota y niño ido
esclavo de quien he sido
que no dejo de anhelarme.
Agotado de no hallarme
me arrincono en el olvido.
lunes, 21 de mayo de 2007
La captura del instante -VIII-
Él ausente de ansiedad. Ella medida en su ubicación. ¿Hasta
qué punto es posible sostener un diálogo sin que se torne
vacío y con qué se llena ese vacío? La muerte aparece como
un tema que sostiene una mentira. El silencio también. Comienza
a verse en él su necesidad como una parte de ella. Y luego,
hábilmente, él vuelve a su soberbia. Se hace cómica la
situación al advertirse sutilmente que compiten por
quién morirá primero. Ella hábilmente, le hace preguntas,
se somete a él. De ese modo lo eleva, como si temiera que la
ausencia de respuestas la convierta en par. Él se siente sabio,
pero sabe que no es cierto. Comienza el fin, un aparente absurdo
con una argumentación coherente. Él con su traje negro transpira.
Ella se desnuda de su vestido blanco. La fuerza del rostro de él,
su descomposición. La juventud de ella. ¿Qué querés de mí, niña?
Quiero bailar. Me duelen mis pies, viejos, dice él. ¿Qué está
viendo, ahora, ahora que se está muriendo?, quiere saber ella.
¿Creías que iba a sentarme?, se burla él. Quiero la verdad, dice
ella. No hay verdad, acaban de matar a tres soldados, yo di la
orden, vi cómo los mataban, cómo morían, recuerda él. ¿Qué
querés, niña, ahora, conmigo? Ella le pide que le cuente, por
favor. El dolor, es mucho el dolor, es inefable, dice él, y se
agita. Ella quiere saber si él puede oler, si puede ver. No dejes
de tocarme, ruega él. ¿Puede respirar?, pregunta ella, ocultando
la risa. Si, a través de tus dedos; no te alejes. Ella vuelve a pedirle
que le cuente. Él se muere. Ella continúa acariciándolo.
domingo, 20 de mayo de 2007
La captura del instante -VII-
El padre regresa a visitar a su hija después de muchos
años de no verla. Anda alrededor de los sesenta, sigue
siendo seductor, ha sido rico y es pobre. La hija tiene
veinticinco, trabaja con piedras preciosas, las corta,
es un trabajo ilegal, son piedras robadas. Hace diez
años que no se ven, desde la fiesta de quince, que fue
magnífica. Después el padre, sin explicación, se fue. Ella
le dice que la sorprende verlo. El padre expresa euforia.
Ella al principio lo rechaza, pero él se excusa. Tuve una
amnesia, dice, y luego dice que fue secuestrado en Orán,
y luego que mató a un hombre en San Pablo. Y dice que
sea cual fuere la verdad está orgulloso de todos sus
fracasos y de tantos años empeñados para fracasar. La
hija acepta las excusas pero le reprocha que no haya
logrado ser un héroe, porque no se ha muerto. No estar
al lado mío y seguir vivo te convierte en un idiota, dice.
El padre dice que es cierto, que se es un héroe cuando
no se teme morir por alguien, y yo tenía miedo de morir
para poder volver a verte. Ella le contesta que es un
canalla, y un falso. Él ruega. Yo te di libertad, dice. Me
diste abandono, dice ella. No debe haber nada peor que
envejecer sólo, le dice, y le pregunta si volvió porque
se está muriendo. Lo echa. Él no se va. Ella le cuenta
de su matrimonio feliz y de sus amantes, su libertad
por ser promiscua. No se quiebra, pero él de todos
modos pretende ampararla y ella se lo impide. El padre
descubre que ella tampoco es como él hubiera querido
que fuera. Ninguno de los dos es como quisiera el otro.
Él le pregunta si se acuerda de París. Ella contesta que
sí, y habla de la tarde en el hotel cuando él la vio
masturbarse y ella lo hizo pasar. Después hablan de
cosas triviales, de otros hijos y una lámpara.
viernes, 18 de mayo de 2007
La captura del instante -VI-
Muy poca gente se junta en un sitio pequeño,
en una librería de San Telmo donde suceden cosas
aparentemente innecesarias. Pero es sólo una apariencia.
La definición de cultura como "un gesto inútil" es una
canallada con que se intenta quitarle a lo más precisado
su subsatancia más bella. Los hombres primitivos pintaron
en la piedra porque les fue necesario. Vivir no es necesario,
decían los antiguos marineros portugueses. Navegar es
necesario, decían.
Muy poca gente se junta en un sitio pequeño,
en esa librería de San Telmo, para escuchar a dos actores
leer una obra de teatro.
Los actores rápidamente se convierten en los personajes:
ella busca que el amor prosiga, como busca la ilusión un modo
de aferrarse, la postergación de la agonía, el alejamiento de
toda inminencia. Ella quiere amar. Él no. Él no sabe por qué,
no puede explicarlo, se trata simplemente de un extraño no
querer amar que se le impone. Ella sabe que lo que es probable
no será posible, pero lo intenta. Él se deja intentar. Vuelven una
vez más a conocerse, y esa cópula transpirada apenas deja
un temblor que pronto cede. Ya no hay nada. Únicamente
les queda algún silencio, un poco de comida, el ruido de la
puerta que se cierra.
Fin de la obra.
El público aplaude. Los actores vuelven a sí mismos.
La librería otra vez es un lugar.
Ahora todos son nuevamente poca gente que se junta en un sitio
pequeño.
Van saliendo todos y entre todos dos, una mujer y un hombre,
hacia su nueva historia de amor.
jueves, 17 de mayo de 2007
La captura del instante -V-
Es bello verla pensar. Completamente desconocida, sólo sé de ella lo que imagino.
La veo pasar su mano como un lazo gigante y perfecto que se deja hurgar y caer en su cabello ahora más desordenado que antes y ese pequeño gesto es una fe olvidada.
Ella lee, lee lentamente y en detalle en hojas sueltas y luego las lee rápidamente como queriendo borrarlas y darlas por perdidas.
Piensa ella y es formidable este momento. Su mano derecha sostiene sin voluntad una lapicera mientras acaricia su pierna con la otra y su mirada se concentra en un punto donde yo advierto que está el secreto de las cosas.
En ella todo es movimiento. Sonríe, y se vuelve adulta, y de pronto su mano izquierda sostiene su cabeza cuando mueve la cuchara y se despeja de pelos su frente y hay dolor en lo que evoca.
De perfil no parece otra y un leve giro me deja verla, imperceptible a los otros, niña, y necesitada para siempre de lo que le ha sido prometido.
Ahora tiene miedo, pero no es un miedo vulgar, es un miedo que pregunta lo que únicamente ella será capaz de contestar.
¿Es la estudiante que prefiere la vereda y el aire? ¿La escritora que ya no soporta estar en su escritorio? ¿La extranjera que prepara el trabajo para su regreso? ¿La provinciana que no se somete al deslumbramiento? Mi ignorancia es mi privilegio y mi fortuna.
viernes, 11 de mayo de 2007
La captura del instante -lV-
El viento mueve. Anda por las cosas. Se hace evidente en las ramas
de los plátanos. La mirada inquieta de una mujer extraña no se turba
cuando el cabello le cruza la cara.
En sus manos tiene abierto un libro de lingüística que ahora
no está leyendo.
¿Mira en verdad o piensa?
¿O ni mira ni piensa y acaso deja que representaciones antiguas
le sucedan?
¿Y si estuviera intentando imaginar para sí otra vida? No.
No parece insatisfecha.
Es una mujer anclada en un saber lejano y no busca que le sean
correspondidos sus deseos.
Hay un niño que es su hijo.
Una ráfaga levanta la arena y el niño festeja. Luego gira y
exclama el principio de un llanto que decide detener.
Ve a la mujer y recuerda su confianza en ella.
Nada malo pasará.
Una paloma camina cerca. Se complace en no volar.
El niño se acerca y la paloma no se inmuta.
Por el contrario, avanzan uno hacia otro.
Suavemente, como si fuera el experimentado dueño de un
oficio único, el niño abre sus manos, y delicada la
paloma se deja tomar.
La alza.
La emoción del niño es tan inédita como la totalidad
de su gesto.
Sube sus brazos, abre sus manos, y en el mismo acto
impulsa a volar a la paloma.
El viento coincide con su movimiento, todo de sí lo eleva,
la paloma salta hacia el aire, el viento corre, la paloma es
ahora un punto cada vez más lejano en contraste con la
ligera claridad de este atardecer.
El niño busca entonces afanoso la mirada de su madre
que sigue inmóvil con las hojas del libro agitadas y confusas,
ignorantes del viento, del niño, de la paloma,
ausente de esa escena de la vida.
jueves, 10 de mayo de 2007
La captura del instante -III-
El transcurrir de la mañana es tan sutil y poderoso que no puede
dejar de advertirse su extraordinaria fuerza. Todo brota, y ante
ese resurgimiento grandioso es casi imposible que no se opaque la
tarea que se ha propuesto hacer, que siempre resultará menor,
por contraste o comparación. Quizá por eso sea la noche el momento
más indicado para la creación. La noche no sucede. Está allí,
simplemente, sin transcurrir, hasta que de pronto el violinista
ve la claridad del alba, y otro clima lo invade entonces porque
nuevamente ha llegado la mañana, su gradación, su reinado por
sobre todo. Nada se puede hacer más que observar esta realidad,
y empecinarse en creer que esta realidad es la que efectivamente
es real, más allá de todo sentido de la percepción, dice el violinista
mientras deja a un costado su violín. Confía a la noche la confianza
en su propia percepción de lo que él ve como realidad. En la
mañana, la realidad es de la realidad, y no logra comprenderla.
¿El tiempo es simultáneo o sucesivo?, se pregunta el violinista.
Creemos, se dice, -lo dice nuestro sentido común, el conocimiento
que hemos adquirido, el estudio del totem de la filosofía y la religión,
las ciencias- que las cosas suceden todas al mismo tiempo, mezclándose,
superponiéndose, interfiriendo las unas en las otras y modificándose
así mutuamente en todos las direcciones. Pero imaginemos un
momento que esto no es así, supongamos que efectivamente
no es así, y que somos nosotros quienes, a partir de la ilusión de
suponer que lo que percibimos de la realidad es la realidad,
quienes “creamos” esta sensación del suceder simultáneo. ¿Y si
resultara que los hechos devienen uno después del otro, como en
la trillada imagen de los ladrillitos volteándose unos a otros? ¿Y si
resultara que el principio de causa y efecto es verdadero pero
acotado a una sola dirección y suceso? ¿Causa y efecto que se
continúan indefinidamente, pero únicamente referidos a quienes
somos, a nuestra realidad íntima e inmediata? No importa advertir
la improbabilidad de ésta suposición. Importa advertir que es de
esta manera como solemos “vivir”, “recibir”, “entender” lo que nos
va sucediendo a medida que la vida nos pasa. Hay así dos verdades
contrapuestas. La que nos indica a todos que somos parte de un todo
donde todo nos afecta, lo queramos o no. Y la otra verdad, mucho más
verdadera por cercana y personal, donde las cosas que pasan, pasan
a nuestro través, y donde somos el puente para un antes y un después
que sólo cesará con nuestra muerte. Luego el misterio, la fe, la duda,
la negación o el escepticismo absoluto.
La captura del instante -II-
Es la mañana. Hay plátanos rodeándolos. Hace calor.
Aceptar es la premisa de la que parte todo hijo, dice el hijo
al padre. Aceptar ante todo un orden cronológico evidente
pero que arrastra un engañoso orden jerárquico; aceptar
la herencia como un hecho consumado ante el cual no hay
alternativa; aceptar el origen no como el punto de partida
de la propia evolución sino como la continuidad de los
progenitores; aceptar su verdad como sagrada, ley suprema,
sigue diciendo, con un asco que rabia le da. Cuando este
mecanismo de aceptación es exigido a un límite insoportable
para la inherente voluntad del hijo por su afirmación individual
sucede, siempre, un modo de asesinato, reflexiona, pretensioso,
casi lagrimeando el hijo, y el padre calla. O la rotura del límite
acaba con el hijo o acaba con el padre, y siempre es uno el asesino
del otro, grita el hijo y procura que reaccione el padre. Para
sobrevivir hay que matar. Edipo desconociendo a su padre
y asesinándolo. Hamlet, en una apuesta ciega a la fe por
un padre que le exige lo inexigible, buscando su venganza
para acabar siendo asesinado. La tensión extrema llega cuando
los mecanismos, faltos de prejuicios y pudor ya no están,
susurra el hijo creyendo que lo escucha el padre. Ardua tarea:
no es fácil enfrentarse al enorme esfuerzo de asesinar. ¿Y si se
acaba descubriendo que es uno quien ha sido desde hace ya
mucho tiempo el asesinado?, pregunta el hijo. ¿Y si ya no fuera
posible la futura resurrección? Herederos, siempre hijos, de
una cultura que hace de la crucifixión el paradigma de un
asesinato a venerar, podemos matar porque sabemos que habrá
resurrección. ¿Pero qué sucede cuando se intuye que no puede
haberla? ¿Cuando ya no queda tiempo o no se tienen las
suficientes fuerzas? ¿Es mejor entonces detenerse allí y no
matar? ¿Es posible detener lo que ha comenzado? ¿Cómo
convivir con el riesgo de matar para siempre y con la culpa
eterna? “Papá, por qué‚ me has abandonado?”, dice Cristo
a su padre en el momento anterior a su muerte. ¿Por qué
esta queja? ¿De dónde este reclamo furioso que más que
una pregunta se escucha como un grito aterrador?, ha dicho
el hijo, ante la tumba de su padre.
La captura del instante- I-
Está por caer la noche, nadie pasa, la puerta está aún abierta.
Y sigue sin conocer la tumba de su padre. Más notable aún:
el cementerio queda a minutos de su casa; en realidad ignora
si es tumba o nicho, ignora también su ubicación. La entusiasma
pensar que no podrá evitar una actitud de búsqueda. “Buscando
al padre muerto” podría llamarse la obra que ella quisiera
escribir pero nunca escribirá. Lo cierto es que no preguntará
en los registros del cementerio. Buscará al azar, lo encuentre
o no. Pero sabe que va a encontrarlo, y que seguramente
leerá su nombre, y su apellido, y los años de su nacimiento
y de su muerte. Es extraño, piensa: el año del nacimiento de su
padre, 1932, siempre fue, para ella, un antes y un después, una
referencia en los acontecimientos del siglo, un punto de partida
para ubicarse mentalmente en tal o cual suceso. Es una cifra que
quiere, que respeta, que tiene una poética de la cual no pretende
desliarse. En cambio, la fecha de su muerte, 1991, se le hace difusa.
Paradójico comportamiento el suyo, piensa, ya que de costumbre
tiende a darle a la muerte mucha más significación que al
nacimiento. Para ella antes del nacimiento nada hay, y en
eso es terminante. En cambio después de la muerte aún le
queda la esperanza de que algo haya. Y sin embargo son las
fechas de origen y no las de final las que se fijan en su memoria,
como contradiciendo su constante manera de juzgar los tiempos.
¿Cómo puede ser eso posible?, piensa, mientras camina sin
entrar al cementerio.
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